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domingo, 13 de marzo de 2011

10/52 La obsolescencia no programada

En casa tengo algunos "cacharros" que he traído de casa de mis padres, primero porque funcionan y siguen siendo útiles, y segundo por cierta nostalgia. Entre todos casi llegan a los 200 años, aunque ninguno supera los 60, que no es poco.

El molinillo, de Moulinex, se lo regalaron a mis padres por su boda, hace 52 años ahora: lo utilizo para moler café en grano y para batir pequeñas cantidades de salsas ¡hoy mismo terminé de hacer un mojo verde en él!. La almohadilla eléctrica tiene más de 40 años, me la traje cuando me empezó una lumbalgia y mis padres se terminaron comprando otra -a ver lo que les dura-; he encontrado publicidad de los "Electro Termóforos" de la marca "Daga" en la hemeroteca de un periódico. La verdad es que el diseño de la caja es todo una reliquia, la foto del interior parece de la década de los 60. El rodillo de madera maciza, que pesa lo suyo, también es tan viejo como la boda de mis padres ¡ya casi vamos por 150 años!. Sé que el mortero me lo traje porque mi madre había comprado uno nuevo, este es el que lleva toda la vida en mi casa y, por último, un recién llegado a mi colección, un azucarero de los de antes que estaba en la casa en la que vivimos y que no quise quitar precisamente porque nos gustó su estilo de azucarero de la abuela (estilo "retro" que se dice ahora ¿no?).

Son, en fin, objetos que se fabricaron cuando todavía no se tenía intención de programar la obsolescencia de las cosas.


Cris.